El día en que el río Tula se desbordó

  • Septiembre 13, 2021
  • Tiempo de lectura: 12 minutos

Por: Jorge A. Romero / @YorchAromero   

Desde el siglo XVI, los españoles que comenzaron a establecerse en el Valle de México encontraron un obstáculo para sus planes de desarrollo: los extensos lagos que rodeaban a la entonces metrópoli de México-Tenochtitlan.

En el sudeste, de la hoy Ciudad de México, las alcaldías de Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta estaban ocupadas por dos grandes lagos: el de Xochimilco y el de Chalco, que se alimentaban de ríos que daban cauce a escurrimientos de las montañas que los rodeaban.

En el oriente del Valle de México se localizaba el lago de Texcoco, un cuerpo de aguas salobres y de mayor extensión que los de Xochimilco y Chalco; y en el extremo norte, los lagos de Xaltocan y Zumpango coronaban un complejo sistema hídrico que hizo fértil y próspera a esa región, donde se asentó el poderoso imperio mexica.

A diferencia de sus antiguos pobladores, los españoles vieron a los lagos no como una fuente de riqueza, sino como una amenaza para la metrópoli y comenzaron a llevar a cabo un ambicioso proyecto que todavía hoy, en pleno siglo XXI, continúa: la desecación del Valle de México.

Fue entonces que empezaron a llevarse a cabo obras que buscaron mitigar las grandes inundaciones que asolaban a México-Tenochtitlan de las cuales se tienen registro desde 1449, cuando el fenómeno natural destruyó un acueducto de barro que conducía el líquido desde Chapultepec hasta Templo Mayor.

En su “Breve historia de la desecación de los lagos del Valle de México, desde Tenochtitlan hasta el nuevo aeropuerto internacional”, Francisco Gallardo explica que durante los siglos XVI y XVII comenzaron las primeras obras para desaguar el lago de Texcoco.

Fue en 1607 cuando Enrico Martínez inició la construcción del Tajo de Nochistongo, una obra que, según la mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), tuvo el propósito de desaguar la cuenca de México mediante la construcción de un túnel y una abertura entre los cerros.

En específico, el proyecto consistió en la construcción de un túnel en la zona de Nochistongo, así como la edificación del canal de Huehuetoca, al noroeste del Valle de México, que pretendían drenar el lago de Zumpango e interceptar el río Cuautitlán para dirigir sus aguas hacia el río Tula y así reducir el caudal que alimentaba el lago que rodeaba la ciudad de México y reducir el riesgo de inundaciones.

Por sus limitaciones técnicas, la obra no funcionó adecuadamente hasta 1789, 182 años después, cuando fue retomada luego de quedar inservible tras varios derrumbes en el túnel que originalmente ideó Enrico Martínez.

Años más tarde, a inicios del siglo XX, Porfirio Díaz emprendió el Gran Canal del Desagüe, un túnel y un tajo de salida con una longitud de 10.21 kilómetros y 24 lumbreras de dos metros de ancho con capacidad para expulsar 16 metros cúbicos por segundo de volúmenes de aguas provenientes del Valle de México.

Otra de las grandes obras que continuó aquel proyecto que iniciaron los españoles fue el Drenaje Profundo también conocido como Emisor Central, que empezó a construirse en 1967 y que permitió desaguar por gravedad grandes volúmenes tanto de aguas negras como pluviales.

Pero como la ciudad siguió creciendo y las lluvias nos han demostrado que tienen buena memoria, en 2007 el entonces presidente Felipe Calderón anunció la construcción del Túnel Emisor Oriente, obra que permite tener una salida complementaria al Drenaje Profundo y cuyo fin es disminuir el riesgo de inundaciones en la zona metropolitana de la Ciudad de México.

Todas esas obras han logrado reducir el riesgo que desde su fundación ha amenazado la existencia de la Ciudad de México pero el problema se ha trasladado al vecino Valle del Mezquital, en el estado de Hidalgo, a donde se conduce toda el agua que desaloja el complejo sistema de desagüe del Valle de México y que la noche del 6 de septiembre de 2021 llegó a recibir 400 metros cúbicos por segundo cuando su capacidad es de 300.

Según el gobierno de Hidalgo, el río Tula necesita de obras que amplíen su capacidad y que requieren al menos mil 500 millones de pesos para evitar que se repita una inundación como la del pasado 6 de septiembre que dejó 15 muertos en el Hospital General del IMSS de Tula y más de 31 mil personas afectadas.

El añejo problema de inundaciones en el Valle de México hoy se ha vuelto una amenaza para las poblaciones ribereñas del río Tula, un cuerpo de agua que desde el siglo XVIII ha sido alimentado por el desagüe del Valle de México y que hoy es visto con temor por los habitantes del Valle del Mezquital.

Las autoridades de nuestro tiempo tienen el reto de emprender las obras necesarias para que la población de esa región del estado de Hidalgo no viva bajo la incertidumbre permanente de una nueva anegación.

Pero también, es indispensable que los sistemas de protección civil actúen con rapidez y en forma coordinada. Recordemos que la fuerza del agua no distingue límites políticos ni geográficos.

La historia de la gestión del agua en el Valle de México es un libro que continúa siendo escrito hasta nuestros días. Su conclusión llegará el día en que aprendamos a vivir en armonía con ese compuesto que es indispensable para la vida pero que al mismo tiempo puede ser letal.

 

 



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