La mexicana que combate en África a la extinción

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#LaVerdadlePeseaQuienlePese

 

Al mirar el amanecer en la sabana africana, Maylen ‘Leno’ Sierra tiene que repetirse una vez más que no está soñando, que a sus 38 años esta es su vida, lejos de su hogar en México. A su espalda, Mbuzi, una pequeña cabra, no deja de balar y ella se acerca para ver qué sucede.

Mbuzi juega con Khula, un rinoceronte blanco de 1 año 3 meses, que fue rescatado ya que su madre tenía tumores y no podía darle de comer. Es hora de alimentarlos. Por su edad, Khula todavía toma leche y lo seguirá haciendo hasta que cumpla por lo menos 2 años. Leno debe preparar la mamila cuatro veces al día para Khula, ya que de pequeño sufrió desnutrición y necesita de cuidados especiales.

Leno está en el Zululand Rhino Orphanage en Zululand (región de KwaZulu-Natal, antes conocida como Zulu Kingdom) en Sudáfrica, donde trabaja desde hace 8 meses.

La organización para la que labora se dedica a cuidar rinocerontes que se han quedado huérfanos por distintas causas, entre ellas y la más importante, la caza furtiva.

Que Leno esté a 14 mil kilómetros de distancia del sitio que hasta no hace mucho llamaba hogar no es fortuito. De niña, su papá le contaba historias de cómo él y sus hermanos exploraban la naturaleza, y así aprendió a admirarla, aunque con el paso de los años la idea de irse a un lugar como África parecía imposible. “Tenía un tapón mental. Muchos creemos que ciertas cosas que queremos hacer son imposibles”, recuerda Leno. “Son cosas de millonarios o de veterinarios”.

Sin embargo, en 2011 Leno puso pie en Sudáfrica por primera vez para realizar un voluntariado que duró apenas mes y medio. Su trabajo era monitorear al perro salvaje africano para la organización Wildlife ACT. Esas semanas bastaron para que su vida y sus prioridades cambiaran por completo.

“Me juré volver en cuanto pudiera, pero regresé a mi vida normal.

No hice más que seguir viviendo con el ‘dedo puesto en el renglón’ pensando en la próxima vez que iba a regresar”, dice por teléfono desde Zululand. “Nunca dejé de pensar que, si podía volver a hacer algo chingón, sería regresar a África”.

En 2015, Leno pudo regresar, esta vez para un curso de 10 semanas para certificarse como guía de naturaleza con la Field Guide Association of Southern Africa (FGASA). Sin embargo, al terminar nuevamente ese periodo volvió a México con más preguntas que cuando dejó África la primera vez. ¿Cuándo podría finalmente vivir en el sitio del que se había enamorado? ¿Cómo hacerle para convertir su pasión en su forma de vida?

Ella buscaba en México las respuestas cuando un accidente le impuso una pausa. Mientras estaba detrás de una pickup, una pipa de gas sin frenos chocó contra el frente de la camioneta, prensándola con el vehículo de atrás. Dos clavículas, el esternón y ocho costillas rotas (hicieron falta 14 piezas de titanio para reconstruir su caja torácica y clavículas), una grave lesión en donde perdió parte del cuádriceps de la pierna y daño nervioso en ambos brazos. Leno estuvo al borde de la muerte por días. Al salir del hospital, Leno, de 1.65 de altura, pesaba menos de 40 kilos; su cuerpo ya no era el mismo. Los siguientes siete meses fueron los más difíciles de su vida. Su rehabilitación, cinco veces a la semana, fue lenta y dolorosa.

“Lo que me empujaba era el miedo de no estar bien. El miedo de quedar discapacitada”, relata Leno. “En un inicio, pensé que iba a quedar así de por vida. Ni siquiera podía cargar el bote del champú y pues sí, mi única opción era chingarle”.

Tras el accidente, las cosas cambiaron para Leno. Cuando estás a punto de perder la vida se va el miedo a dejar atrás otras cosas. Los grandes pasos de pronto se vuelven más fáciles de dar y por ello vendió todas sus cosas, les buscó un nuevo hogar a sus gatos, se despidió de su familia y emprendió una vez más el viaje a Sudáfrica sin un plan definido, sin saber qué haría allá.

El deseo de Leno era centrarse en una especie de la vida animal del país, poder observarla y estudiarla. Al llegar a Sudáfrica, gracias a sus contactos previos y experiencia surgió la oportunidad de hacer trabajo voluntario en el Zululand Rhino Orphanage, donde actualmente se cuidan a cuatro rinocerontes blancos (Khula, Makhosi, Mpilo y Banoyi), dos hipopótamos (Charlie y Moomin) y dan seguimiento a dos rinocerontes negros ya liberados, (Nandi y Storm), todo con el sostén de las donaciones que reciben.

Leno alimenta a los rinocerontes, limpia sus contenedores, los saca a caminar en las tres y media hectáreas que tiene el orfanato y da seguimiento a su cuidado médico (con ayuda de veterinarios expertos).

Lo que parece un sueño cumplido, sin embargo, no lo es; Leno está ahí porque los rinocerontes están en alto peligro de extinción. Tan solo en 2017, fueron reportadas mil 28 muertes de rinocerontes por la caza furtiva. ¿La razón? Sus cuernos.

La compraventa de cuernos de rinoceronte es ilegal, sin embargo, según la organización TRAFFIC, una red de monitoreo del comercio de vida silvestre, en el mercado negro un cuerno de rinoceronte puede venderse en 60 mil dólares por kilo, un equivalente de 500 mil dólares por el cuerno completo; más caro que el oro o que la cocaína en algunos mercados.

Los principales destinos de venta son China y Vietnam. Esto es, entre otras cosas, por la existencia de una creencia que asegura que los cuernos contienen ingredientes que pueden curar el cáncer y otro tipo de enfermedades.

En un reporte de TRAFFIC, se analizaron los estudios médicos que se han hecho de los cuernos de rinocerontes y se encontró que su consumo puede ayudar a disminuir la fiebre y tiene propiedades antiin¡ amatorias y antihemorrágicas, sin embargo, ninguno de estos ‘efectos’ es mejor o igual que los de la medicina occidental tradicional, como una aspirina.

La gente, a veces, cree que gastar cientos de dólares en una pastilla que dice tener cuerno de rinoceronte los puede curar. En China, el uso de los cuernos de rinoceronte para ‘remedios médicos’ se remonta a más de 2 mil años Hoy, incluso, se han reportado casos en que se menciona el consumo del cuerno de rinoceronte como afrodisíaco o para curar la resaca.

A pesar de las medidas que se han tomado para detener la caza furtiva, la red de compraventa de cuernos está rodeada de corrupción. Un ejemplo es el caso de Boonchai Bach, uno de los comerciantes ilegales de vida silvestre más notorios.

A inicios de 2018, el contrabandista fue arrestado en Tailandia cuando traficaba toneladas de colmillos de elefantes y cuernos de rinocerontes. Él y su hermano Van Limh son conocidos como los ‘Corleones’ del tráfico de vida silvestre. Sin embargo, en febrero de este año Boonchai salió libre después de que uno de los testigos en su caso retractó su testimonio y si hubiera sido condenado, sería por § años en prisión.

Tres de las cinco especies de rinocerontes están denominadas en “peligro crítico de extinción” y, aun así, en noviembre del año pasado, China -uno de los mercados más grandes en tráfico de vida silvestre- decidió posponer la prohibición del comercio de huesos de tigre y cuernos de rinocerontes; ahora es legal usarlos para fines científicos, médicos y culturales.

La tragedia de la explotación de los cuernos de rinoceronte se magnifica por el hecho de que el animal es asesinado para poder extraerlo y las crías son tan dependientes de su madre que, aunque ella esté muerta, se quedan a su lado, incluso cuando el cuerpo se descompone.

Según datos de TRAFFIC, entre 1972 y 1996, 96 por ciento de los rinocerontes negros fueron cazados. Tan solo en Sudáfrica, dos rinocerontes son cazados diariamente por sus cuernos. Es por eso que existen lugares como el orfanato de rinocerontes de Zululand.

A veces se requiere que un grupo de rinocerontes sea tranquilizado con un dardo para ser transportado a otra área donde se necesita repoblar. En algunos casos, si es que se atrapa a una hembra que está embarazada y se reubica, al momento de parir termina rechazando a su bebé por cuestiones de trauma. Un bebé rinoceronte depende al 100 por ciento de su madre y no puede sobrevivir si es rechazado.

Leno ha creado una buena relación con los rinocerontes. Poco a poco han ido reconociendo su voz, su olor. Sin embargo, la intención del orfanato no es crear una conexión entre los rinocerontes y los humanos, ya que esto más adelante podría dificultar el momento en que tengan que liberarlos.

No se trata de abrazarlos todos los días, el objetivo es ayudarlos a crecer y se conviertan en animales funcionales e independientes en su hábitat natural.

No siempre es fácil, unos meses después de estar en el orfanato, Ntoto, el rinoceronte con el cual Leno sentía una conexión especial, se enfermó de manera inesperada. Junto con la directora del orfanato, Megan Lategan, fueron semanas de dormir con él, darle medicinas, limpiarlo y no tener descanso alguno; Ntoto murió y pocos días después Isomiso, otro de los rinocerontes del orfanato, también falleció por causas desconocidas.

No sabes cómo reaccionar, menos cuando no entiendes qué está pasando o por qué se enfermaron. Fue muy cansado, emocional y físicamente. Sientes frustración e impotencia. Te hace preguntarte el motivo de por qué el animal está ahí. Por qué los humanos lo pusimos en una situación así, donde tiene que vivir en un orfanato porque mataron a su mamá”.

Para Leno, la sensación es contradictoria. Por un lado, la experiencia de poder decir el nombre de un rinoceronte, que reconozca su voz y se acerque, es única. Pero no es algo ‘natural’ o normal en el ciclo de la naturaleza.

Un ejemplo son Nandi y Storm, quienes ya fueron liberados. Recientemente, Nandi tuvo que ser tranquilizada ya que había sido herida y debía ser atendida. Cuando los cuidadores hicieron esto, su compañero, Storm, reaccionó de manera agresiva, ‘cargando’ hacía los vehículos donde ellos estaban.

Para Leno, esto fue algo positivo. “Nos asustamos, pero a la vez dijimos: ‘¡Qué chingón, Storm ya está regresando a sus raíces!’. Nada de que somos los que le dábamos de comer. Tuvo que mostrar el instinto de rinoceronte agresivo y eso está bien”.

Después de todos los esfuerzos para salvarlos, Nandi y Storm deben ser monitoreados para continuar protegiéndolos. Ahora que nuevamente son libres, están en gran peligro de ser cazados. Por ello, organizaciones como el orfanato también se dedican a hacer descornados, experiencia que también ha vivido Leno. El animal es sedado y se le recorta el cuerno para que no sea un objetivo entre los cazadores furtivos. Este es un proceso caro y que se repite más o menos cada dos años, ya que los cuernos nunca dejan de crecer.

El riesgo no es exclusivo de los rinocerontes. En el orfanato de Leno hay guardias armados, perros entrenados, cámaras y rejas electrificadas.

Por radio avisan quién entra y quién sale de todas las puertas de la reserva y los empleados deben registrar sus entradas y salidas.

En 2017, otro orfanato para rinocerontes en Zululand fue atacado. Dos rinocerontes bebés fueron asesinados por sus cuernos y una de las mujeres que trabajaba ahí sufrió de abuso sexual. Dos de los bebés, Isomiso y Makhosi y uno de los hipopótamos, Charlie, fueron transportados a un nuevo orfanato, el Zululand Rhino Orphanage.

Las personas que se dedican a la conservación no solo arriesgan su vida todos los días, sino que la entregan por completo. Leno pasa la mayoría de su tiempo sola, lo que a veces la hace sentir ‘invisible’, rodeada de tierra, animales y muy pocos humanos y, no obstante, para ella cada minuto vale la pena.

“Es una vida muy sacrificada, es realmente vivir para esto. Tengo muy pocas cosas, pero no necesito más. Siento que lo que estoy haciendo realmente es algo muy importante”, dice y luego recuerda que como productora de sesiones fotográficas con modelos y marcas globales hacía cosas interesantes también, aunque no con el impacto que ella siente genera día a día.

“Si yo no lo transmito, la gente se olvida de ti, estás en ‘el monte’ y no importa mucho. Es tan surreal este mundo, que obviamente estando de aquel lado, lo entiendo, no te puedes conectar. Es inimaginable lo que está pasando en mi vida, la gente lo ve como ‘uy, qué padre’, pero no saben, no se lo imaginan”.

Estando en Sudáfrica y viendo la cantidad de ayuda que se necesita, Leno quiere transmitir el mensaje, hacerlo crecer y mostrar a la gente en México y en países de habla hispana que, a pesar de que esto es al otro lado del mundo, está sucediendo y ella está ahí. “Me estoy clavando mucho en empezar a dar información en español en mis redes sociales. Es muy distinto saber que ‘equis’ persona trabaja en un orfanato de rinocerontes en Sudáfrica, a una mexicana que come tacos con limón igual que tú y que creció en tu país y que habla como tú. La gente puede conectar y pensar ‘yo puedo hacer lo mismo, yo puedo hacer un cambio’”.

El propósito de este orfanato, y de muchos lugares en Sudáfrica que cuidan de animales que han sufrido por consecuencia del humano, es la conservación. Esto no es fácil y es gracias a gente como Leno, que están dispuestos a entregar su vida a esto, que se puede lograr; “la conservación se trata de salvar especies, no individuos.

«No se trata de Khula, no se trata de Nandi, se trata de los rinocerontes», asegura. «Sé que yo sola no voy a solucionar el problema y no voy a cambiar el mundo, pero si no hago nada, tampoco estoy ayudando”.

Para Leno es importante estar ahí, ahora. Sin embargo, sus planes a futuro son poder lograr algo así en México, poder darle oportunidad a personas que quieran participar en la conservación en México. “Mi sueño es quedarme aquí un tiempo, aprender todo lo posible y muy probablemente iniciar un programa de voluntariado de conservación como el que hice yo en 2011. Estos son programas perfectos ya que los mantienen los voluntarios, no se depende del gobierno, es el círculo perfecto y creo que esto en México sería un éxito”.

(Con información del Financiero)

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