“LAS NOVIAS DE ALÀ”, por ERIKA CASTILL

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ERIKA CASTILL

“LAS NOVIAS DE ALÀ”

 

“En La Venganza, Como En El Amor, La Mujer Es Más Bárbara Que El Hombre.”

Friedrich Nietzsche

Pareciera sacada de la oscuridad como de la que siempre emergen los temas de Rembrandt, pero la arquitectura de sus misterios pareciera ser obra de Leonardo Da Vinci. ¿Cambiaría en algo su secreto la Mona Lisa si tuviera una  burka y el valor de la venganza?

El hombre siempre ha intentado tocar el tiempo, tal vez en un intento no sólo por materializarlo,  sino más bien para manipularlo y anclarse quizá así en él. Con los prodigios de la pintura, el hombre sólo logró retratar y materializar su imaginación, de ahí que surgieran demonios galopantes de un Apocalipsis jamás visto, guerras donde esqueletos armados burlan con envidia a los vivos que se debaten en una doble partida por anteponerse a la muerte y a la derrota, y también poder tocar bellas ninfas y Afroditas sin los placeres de la culpa carnal. Logró retratar las genealogías del poder y la tragedia, donde reyes y reinas posan opulentos,  en cuadros que sólo los colores pudieron mitigan sus múltiples defectos congénitos producto de la incestuosa y perniciosa soberbia.

Fue hasta que se inventó y ¿Por qué no decirlo también? se descubrió la fotografía, cuando el hombre pudo tocar al tiempo, o al menos un instante de él. Pudo así guardarse en una imagen y darse cuenta que después del flash la vida y la muerte continúan su paso. Las hay de amor y de alegría, también las testigos, las de la memoria, las que nadie una vez tomadas nadie más vuelve a ocuparse de ellas, las de la infancia, las de las despedidas, las instantáneas, las posadas y las que en un  el sinfín de intenciones van surgiendo las de los colores ocres, metálicos; las que cuentan relatos de muerte, de injusticias y por supuesto, las que cuentan la venganza aún antes de cometerlas. Son las fotografías que revelan al ser sin ser el ser quien las revela. Un caldo con cultivo del mal fermentado por el odio de las injusticias.

 

EL ESPECTACULO ESTÁ EN TODAS PARTES:

Personalmente alguna vez  percibí a la religión del  Islam como seres que ocultan el rostro en las postrimerías de la enajenación;  luego vino ese agrio sabor a miedo la primera vez que supe de la palabra “terrorismo”, cuando surgían imágenes de tortura, de niños mutilados en campos minados por bombas azarosas, o de mujeres corriendo con un millar de niños escapando de un holocausto que parece no terminar y desde  luego, de todas aquellas historias que surgen de los que se quedan o sobreviven a las tragedias del terrorismo, como las que llegaron  a contar aquellos famosos ojos verdes, los de  Sharbar Gula, la niña afgana que sin duda alguna se convirtió en una especie de Mona Lisa en la interpretación de nuestros tiempos: las del dolor en silencio

Después no  fue necesario ver  imágenes sangrientas de gente despedazada en los brazos de quienes les lloran arrastrando los  cadáveres (o lo que queda de ellos) con el coraje desbordado en sus facciones con un carro (casi siempre el coche bomba) figurando carbonizado en un segundo término,   para saber que lo que encontró el fotógrafo, Steve McCurry, en 1984 en un campamento para refugiados en Pakistán no fuera únicamente un par de ojos verdes contrastando con el rojo de una túnica raída y vieja, convertida quizá por el contraste decolores en un ícono del arte, pero que más allá de esto, se convirtiera con el tiempo en un ícono de la expresión, de un gesto poco común para quienes no han vivido una guerra o no han pasado por el doloroso trance de perder a su familia bajo el yugo de las balas y que con el tiempo, a 17 años de ese casual encuentro fotográfico, convertido ya en una obsesión por la continuidad de la expresión, se encontrara no con la curiosidad del que espera cuando ha sufrido, sino con la mirada que destila un odio contenido destilado sólo a través de los pliegues y orificios de una burka.

VIUDAS NEGRAS: LA MECÁNICA DEL TERROR

Se llama Yasmina y sus ojos no reflejan sólo el misterio de lo incontable, también revelan profundidad de algo incalculable como la ira. Hace algunos años en una gélida mañana, el sonido de disparos la sacaron de su ensimismamiento; la nieve que segundos antes fuera blanca, comenzó a teñirse de un rojo caliente, evaporando a su paso su pureza. Yasmina sale de su casa y descubre que el profanador de la nieve, es su hermano que yace muerto con un tiro en la cabeza; poco tiempo después es su padre víctima de los recuerdos, pereciendo así al lado de su dolorosa memoria.

Yasmina no nació con el don de la resignación ni con el caudal de lágrimas acompasando a su conciencia; en su lugar se ha vestido de negro rozándole como un par de alas negras y se ha puesto una burka la cual había venido a  suplir una especie de cinturón de castidad, donde sólo pueden asomarse los miedos evaporados de una moral sangrienta. Ahora la burka apenas le evita transpirar los recuerdos de una rabia contenida, cubriendo así su rostro, en un síntoma de deseo físico completamente separado de un deseo espiritual, anhelando la continuidad en lugar de los recuerdos.

El silencio pareció descender sobre el mundo. Quien podría imaginar un par de mujeres, envueltas en el misterio de su religión y sus represiones, enfundadas en un par de burkas negras, caminando en una determinación más parecida a la sumisión que a la venganza; antes bien, quienes las vieron pasar debieron pensar en todos aquellos placeres reprimidos sin imaginarse que atados a sus cuerpos, yacían cinturones cargados con explosivos.

El lunes 29 de marzo del 2010, un par de mujeres, una de 17 y otra de 20 entraron como cualquier persona que deseara llegar a un destino en la línea del metro Lubyanka en Moscú, y en lugar de sentarse y esperar descender en algún lugar, se hicieron explotar dentro de los vagones del metro, llevándose en las garras de su venganza más de medio centenar de vidas. Las dos terroristas suicidas que se hicieron explotar en el metro de Moscú eran viudas de jefes guerrilleros del Cáucaso abatidos por agentes de seguridad. Se trataba de Dzhennet Abdurajmánova, una joven de 17 años, y oriunda de la república caucásica de Daguestán, y Marja Ustarjánova, chechena de 20 años.1

Las notas sobre este nuevo tipo de terrorismo, pudo haber pasado por alto, entre el caos en el que parece estar sumido cada vez más el mundo, y no porque en el pasado haya reinado la cordura de la muerte, sino que gracias a la rapidez y facilidad con que las comunicaciones se mueven y las imágenes sobre lo que ocurre en otras partes del mundo, llegan a imponerse en las secciones de las páginas de nuestro territorio, porque ahora la “HISTORIA” por primera vez, la hacemos todos; sin embargo fueron fotografías las que lograron cautivar mi interés, más que las palabras que suelen justificar los significados; fueron sus rostros y el lenguaje de su cuerpo empuñando las armas con las que habrían de morir matando. Había visto miles de imágenes, sobre soldados, delincuentes, guerrilleros, revolucionarios y hasta terroristas, empuñando armas sin que con ello cambiara el resultado de la historia sobre el mundo y sus resortes. La Familiaridad de la catástrofe.

1)* www.elpais.com › Internacional

Vi rostros dulces, ojos grandes, pieles blancas o apiñonadas en lo poco que dejan entrever de sus pieles, pero con la determinación de su letalidad ¿Qué sería de la superstición sin el estimulo del inquisidor y sin el placer del verdugo? En el realismo de la experiencia, es la venganza el motor de estas mujeres, que se han hecho llamar “LAS VIUDAS NEGRAS”,  “LAS NOVIAS DE ALÁ” o simplemente “SHADNIKAS”en honor de todo aquello que les ha sido arrebatado, sus hijos, sus familias, sus esposos o parejas, sus casas y sobre todo la vida que alguna vez tuvieron junto a alguien.

Les han prometido un paraíso en el “Jardín de los Justos”, donde el “Siempre” es “ahora”, y si no les han de esperar (como les esperan a los hombres) 7 vírgenes en el cielo de Alá, les esperan sus “hombres” a quienes gracias a su valentía casi suicida, volverán a ver a su lado en el altar de la identidad. Ellas han sido las responsables de los ataques terroristas durante el reinado de la llamada “Segunda Guerra Chechena” (1999-2009), pues carecen de empleos, de la oportunidad de crearse una identidad dentro de las tierras rusas,  de ganarse la vida para alimentar a sus hijos o a sus familias y encontraron un modo de “vida” cuando el líder checheno Shamil Basayev, muerto en el 2006, les dio la oportunidad de abrirse camino en la recuperación de su dignidad pues los muertos ya no regresan porque la muerte sólo tiene un sentido y en esta dirección si se puede llegar a un acuerdo: MORIR MATANDO.

Es difícil comprender lo que otros condenan y continuamente estamos asustados de lo que nos hace diferentes y todos esos elementos mezclados en el problema nos hace recordar la herejía que no nos pertenece. Khaba Barayeva comenzó el linaje de las “Viudas Negras”, creyendo en la posibilidad de la independencia de Chechenia, el 7 de junio del 2000, junto con Luiza Magomadova, lanzaron un camión lleno de explosivos contra un edificio de las fuerzas especiales rusas, matando a varios soldados y consolidando así, el modelo de la mujer kamikaze que oscilan entre los 15 y 38 años.

Otros casos como el cometido en un concierto de Rock en Moscú, en el aeródromo de Tushino, durante el festival de rock conocido como “Krilia” (Alas), dos mujeres chechenas, “Shadnikas” o “novias de Alá”, agendaron una muerte por partida doble. La primera, una joven de 20 años a quien se había identificado por su pasaporte, se colocó hasta el final de la fila de las taquillas del concierto, y mientras le miraban algunos de forma inquisitiva por la representación de su religión mientras otros se preguntaban en forma de burla, que podría hacer en un concierto una mujer que ni siquiera es libre de mostrar su rostro, ésta metió sus manos dentro de su túnica, casi en un toque impúdico e hizo accionar la carga que llevaba consigo matando y despedazando así a todos los que colindaban con sus intenciones.1

La segunda sólo hizo esperar a la muerte 15 minutos, y sin embargo, su espera pareció tener su recompensa, pues  provocó mayor número de víctimas. Ambas iban cargadas con cinturones explosivos con cerca de 500 gramos de dinamita, llenos de balines de acero y fragmentos metálicos que salieron impelidos al explotar las bombas. Y como una niña que juega con una vela, encendió  el fuego  que la quemó.1(bis)

La repetición es sólo una apariencia engañosa disfrazada de  casualidad, como el ambiente de otros tiempos. Las mujeres musulmanas han padecido por partida doble, la suerte de su género, o al menos así lo hemos percibido quienes las contemplamos desde su oscuridad metálica, las que las contemplamos desde las imágenes que ellas mismas nos traducen sólo con sus ojos y actualmente con sus armas y su propio exterminio en nombre de lo que para ellas podría ser el equivalente a nuestro concepto de “amor”.

 

Podríamos planear un asesinato o comenzar una religión. Jim morrison.

“SECRETOS DE UNA BURKA”

Con el encierro de su voluntad extendida a lo largo de su cuerpo, enfundada en pesadas burkas, no por el material de su elemento, sino por el de la opresión concebida en el espíritu del líbido, las “Viudas Negras” han creído encontrar la libertad en la venganza, contra todos aquellos que han matado a sus seres queridos, esposos o parejas en su mayoría. Toda esa violencia contenida no les ha cabido en el cuerpo ni en la resignación, y si no han de ser ellas, quienes después de aparearse sucumban a la tentación de matar y comerse al macho, no han de dejar que depredador alguno lo haga por ellas.

 

1) www1.rionegro.com.ar/arch200307/p06p.10.html

Se cubrieron entonces, con los mismos atuendos mientras el mundo exterior galopa hacia su propia condena; se han cubierto la cabeza y en ocasiones el rostro, se han armado con pistolas de difíciles significados y mecanismos. Matar es un verbo que sólo conjugándolo mantiene su significado, en pasado es dolor, en presente es odio y en futuro es venganza y mientras llegan los momentos en que la memoria es necesario volver a llenarla, algunas ciñen a sus cuerpos, bombas anquilosadas de exterminio. Ellas no promulgan con la culpa, la sangre de ningún Dios les llena la conciencia, el prójimo sólo puede ser de su sangre y credo y los demás sólo el blanco de sus intenciones.

¿Que hay dentro de un alma que se le obliga a buscar el horror una y otra vez? Llamémosle temperamento en su forma más cruda, llamémosle furia en su sentido más dramático y demasiado ardiente para llamarlo voluntad. Llamémosle: Determinación

REFERENCIAS:

1) www1.rionegro.com.ar/arch200307/p06p.10.html

2) 1)* www.elpais.com › Internacional

3)  PAÍS SEMANAL. 12/SEPTIEMBRE /2010. PAG. 36, 37 y 38.