Y siempre he oído decir que la gente de Nueva York nunca llega a conocer a sus vecinos Desayuno en Tiffany’s
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Se van a cumplir dos años de que la presidenta Claudia Sheinbaum juró el cargo y ocho años de que la 4T llegara a Palacio Nacional con Andrés Manuel López Obrador. Una de sus promesas era pacificar al país y que nunca más hubiera desapariciones, que las madres y esposas, padres o hijos tuvieran que buscar entre los muertos a sus seres queridos. El tiempo ha pasado y aquello sigue siendo una promesa que, cuando se les recuerda, parece incomodar.
El domingo pasado se conmemoró el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, una fecha institucionalizada en 2010 por la Asamblea General de las Naciones Unidas para visibilizar esa grave violación a los derechos humanos. Aquí, en nuestro país, a pesar de las cifras de violencia que nos dicen en la mañanera que van a la baja, varios colectivos y, en lo individual, siguen con la búsqueda en fosas clandestinas y no se ve para cuándo termine esa pesadilla.

Claro que uno de los justificantes tiene que ver con la apreciación de conceptos. Se entiende por desaparición forzada la privación de la libertad de una persona por agentes del Estado o por grupos que actúan con su autorización o apoyo, seguida de la negativa a reconocer dicha privación o a informar sobre el paradero de la víctima.
“¿Dónde están?” era uno de los muchos gritos de las personas que acudieron a las movilizaciones que se llevaron a cabo a lo largo y ancho del país. Aunque no les guste, somos un país de desaparecidos, de desplazados y de familias rotas. Ahí iban los activistas colocando las fotografías de los desaparecidos, recorriendo fiscalías, oficinas de gobierno, hospitales, cárceles, morgues, terrenos baldíos y cualquier lugar donde exista una posibilidad de encontrarlos.
México tiene un problema que ya no puede esconderse detrás de discursos, cifras o explicaciones burocráticas matutinas. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, al 12 de marzo de este año había 132 mil 61 personas desaparecidas y no localizadas en el país. De ellas, 123 mil 46 estaban registradas como desaparecidas y 9 mil 15 como no localizadas.
Cada cifra tiene un rostro.
Son números para las estadísticas, pero nombres para las familias.
Hay casos emblemáticos en la historia de nuestro país. Nada más el de Jesús Piedra Ibarra, desaparecido desde 1975. Su madre, Rosario Ibarra, lo buscó durante años, en pleno régimen del PRI, y se convirtió en un ícono de la izquierda. Después, López Obrador impulsó a su hija, Rosario Piedra Ibarra, para encabezar la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
La paradoja es que hoy las madres buscadoras siguen reclamando respuestas y, en lugar de encontrarlas, desde el poder se les ha señalado y descalificado como opositoras, neoliberales o como personas que se dejan manipular por la derecha.
El problema es que las madres buscadoras no necesitan discursos; necesitan resultados.
El Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas ha señalado que las desapariciones en México continúan aumentando. Pasamos de 95 mil 121 desapariciones registradas oficialmente en marzo de 2022 a 129 mil 341 en junio de 2025.
Es decir, mientras el discurso oficial habla de avances, el registro de desaparecidos cuenta otra historia. Sigue habiendo madres y padres que siguen caminando, familias que sigue esperando y una pregunta que el poder no ha podido responder ¿Dónde están?… pero mejor ahí la dejamos.
Escríbeme tus comentarios al correo suartu@gmail.com y sígueme en la cuenta de Instagram en @arturosuarez_.Hasta la próxima.

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