Sebastián Godínez Rivera
La izquierda latinoamericana tiene muchas diferencias, pero una cosa en común, el discurso, lo que la diferencia del progresismo del siglo XX. Las viejas izquierdas denunciaban frontalmente a sus adversarios con nombres y apellidos, por ejemplo, Salvador Allende en Chile, Joao Goulart en Brasil, Fidel Castro en Cuba o Jacobo Arbenz de Guatemala. El progresismo en 2026 es confrontativo en época electoral, pero bajan de nivel la discusión al gabinete.
Marco Rubio, Secretario de Estado, es uno de los perfiles de mayor confianza de Donald Trump y el encargado de rediseñar al hemisferio occidental. Es un funcionario poderoso y sagaz, pero tampoco es el secretario omnipotente como lo han pintado el expresidente colombiano Gustavo Petro, el presidente Lula Da Silva de Brasil o el tirano cubano, Miguel Díaz-Canel. Por otro lado, hay algunas acusaciones que el gabinete actúa de forma autónoma y el presidente no lo sabe, así lo afirmó Claudia Sheinbaum.
Todos esos personajes han omitido el papel de Donald Trump como cabeza de la política exterior y se han ido contra Marco Rubio como lo muestran varias declaraciones. Desde México, Claudia Sheinbaum, llegó a decir que el inquilino de la Casa Blanca está abierto al diaĺogo, escucha y es amigo de México, pero que hay ciertos funcionarios de la extrema derecha que ejercen el poder por sí solos y esto mancha a Trump.

Incluso en la misiva enviada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador a Trump y la carta publicada por su hijo, Andrés López Beltrán, señalan que su personalidad ha cambiado, pero que son sus funcionarios quienes le dan mala información. Llama la atención porque el expresidente y la presidenta tienden a ser confrontativos con otros mandatarios y no con Estados Unidos como se dice popularmente saben que no se pueden poner con Sansón a las patadas.
En la vecina Cuba, la presión de Estados Unidos es clara, pero el presidente Miguel Díaz-Canel en su momento llegó a decir que era Marco Rubio el que impulsaba que Trump se manchara las manos de sangre. Para la tiranía cubana el enemigo desde hace casi ocho décadas es el imperio yankee, pero no es el presidente actual quien impulsa las medidas de presión contra La Habana sino el Departamento de Estado.
Los cubanos apelan a grandes movilizaciones, pero a nivel de política exterior están pugnando por reformas a la economía, omitiendo el sistema político y llamando al diálogo. La postura revolucionaria se descafeinó por la crisis que atraviesan, pero Cuba que se consideró un edén del socialismo motivado por el discurso, hoy parece que busca culpables en los que no figura Trump sino otros funcionarios.
En Colombia la historia es muy similar, el entonces presidente Gustavo Petro se conformó con su homólogo estadounidense hasta que se le impusieron aranceles a los productos colombianos. Petro denunció el injerencismo y la política imperialista, pero cuando la tensión económica creció, el mandatario sudamericano optó por el diálogo y hasta hizo una visita a la Casa Blanca.
Cuando la confrontación cesó, Petro bajó de categoría y optó por señalar a Rubio de heredar una ideología de la Guerra Fría, lo acusó se socavar la independencia judicial por sus comentarios sobre el juicio contra el expresidente, Álvaro Uribe y denunció las investigaciones de Departamento de Estado que lo señalaban de tener nexos con grupos del crimen organizado. El expresidente era cauto en sus declaraciones, la presión venía de dicha secretaría y no de la presidencia, puesto que Trump siempre se mostró abierto al diálogo y a las posturas progresistas, según Petro.
Finalmente, el caso brasileño es el más actual y llamativo. No es un secreto que para terminar el año 2026 Brasil se ha convertido en una joya política para Washington. En Sudamérica, sólo Uruguay y Brasil se mantienen ajenos al giro derechista, a pesar de que naciones como Venezuela que es una suerte de protectorado y Guayana que es de corte izquiedista, pero optó por estrechar lazos con la Casa Blanca.
El gigante sudamericano tendrá comicios este año y el presidente Luiz Inácio Da Silva buscará la reelección y derrotar a Flávio Bolsonaro, el candidato con simpatías de Trump. Lula ha denunciado la injerencia, pero en los últimos días ha optado por restar radicalización y acusar a Marco Rubio de operar a favor de Bolsonaro. En una declaración el mandatario carioca declaró que “Marco Rubio es el operador y no Trump, porque siempre me ha tratado muy bien”.
En medio de la campaña por la reelección Lula decidió cambiar de adversario y usar a Rubio como chivo expiatorio. El mandatario ha dicho que el secretario de Estado es un “latinoamericano frustrado”, denunciado que “no le gusta latinoamérica” y lo ha retado a ir a hacer campaña con Bolsonaro porque quiere “derrotarlos a todos juntos”. Brasil es pieza clave del hemisferio y la Casa Blanca no lo ha ocultado, pero el presidente insiste en que la operación proviene de una secretaria y no desde el jefe de estado estadounidense. Es un fenómeno interesante que líderes izquierdistas intentaron caracterizar a sus gobiernos como defensores de la soberanía, pero omitieron a su homólogo estadounidense para confrontarse con un secretario. Y en algunos casos como el mexicano, no se dan nombres sino que se habla en abstracto de funcionarios. Las izquierdas latinoamericanas que ya no son revolucionarias como el siglo pasado, buscan la confrontación y a su vez bajan la discusión a otro nivel para evitar molestias en la cabeza de Estados Unidos.

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