Lo que se ve no se pregunta… Juan Gabriel
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Vaya polémica la que ha desatado Edmundo Cázares con su entrevista a Carlos Monsiváis. Las redes arden y la honestidad del comunicador se ha puesto en entredicho. Y es que, para los que nos dedicamos de tiempo completo al periodismo y no sabemos hacer otra cosa, hay un activo que cuesta mucho trabajo construir. Es más valioso que cualquier exclusiva, más importante que una primicia y más difícil de recuperar que una audiencia perdida. Se trata de la credibilidad. Esta tarda años en construirse con rigor y honestidad, pero puede perderse en segundos y, si sucede, difícilmente volverá.
Recientemente se publicó una supuesta entrevista de hace 26 años en El Universal, ni más ni menos que con Carlos Monsiváis. Ahí, Edmundo Cázares, periodista de muchos años y que maneja como pocos el género, asegura que el escritor le habría dicho que López Obrador vivió con él cuando llegó de Tabasco y que, además, el Pejelagarto pasó con él “divertidas y deliciosas noches”, dejando abiertas múltiples interpretaciones para el lector.
Obviamente, las redes sociales ardieron con mensajes homofóbicos y con expresiones de defensa hacia ambos personajes. El tema llegó hasta la mañanera y la presidenta mostró su indignación, y no es para menos. Al periodismo sólo se le puede defender haciendo periodismo. No como lo hacen los jilgueros del régimen que, paradójicamente, desde el poder exigen rigor periodístico, pero suelen difundir versiones sin sustento cuando conviene a sus intereses políticos.

¿A quién le importa la vida sexual de Monsiváis o la de López Obrador? Lo que sí pone sobre la mesa es la obligación de reflexionar sobre la responsabilidad que implica ejercer el oficio periodístico en tiempos de la 4T. La exigencia no es menor. Cuando una información provoca debate público, impacta la imagen de personajes relevantes y alimenta la confrontación política, las pruebas dejan de ser una opción para convertirse en una obligación. La transparencia fortalece al periodista, protege a la audiencia y contribuye a la salud del debate democrático.
En aras del buen periodismo, si la grabación existe, debe hacerse pública para terminar con la polémica. De igual manera, en aras de ese mismo buen periodismo, si no existe la evidencia, la obligación ética es reconocer el error. Ni Edmundo Cázares ni El Universal tienen una tercera opción compatible con el ejercicio responsable del periodismo.
Desde el poder se ha instalado una narrativa permanente de confrontación con amplios sectores de la prensa. Algunas críticas son legítimas por la historia misma del gremio; otras buscan desacreditar de manera generalizada a medios y periodistas incómodos desde la más alta tribuna y de forma sistemática. En ese contexto, cada equivocación periodística termina siendo utilizada como argumento a favor del régimen, al que no le gusta que lo vigilen.
Sin pruebas hay versiones; con pruebas hay periodismo… Pero mejor ahí la dejamos.
Entre Palabras
A propósito, alguna vez platiqué con Rafael Loret de Mola, quien escribió “La Cofradía de la Mano Caída”, texto incluido en su libro Escándalos, publicado en el año 2000. Ahí hacía referencia a una presunta hermandad homosexual instalada en los más altos círculos del poder. Eran otros tiempos y otras formas de hacer periodismo. Loret sostenía que lo que sucede en la intimidad debe quedarse ahí. El problema, decía, es cuando desde la alcoba se toman decisiones que terminan afectando la vida pública.
Escríbeme tus comentarios al correo suartu@mail.com y sígueme en Instagram en @arturosuarez_.Hasta la próxima.

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