20 junio, 2026

PERIODISMO CON SENTIDO

México llegó al Mundial con sus heridas abiertas y los brazos extendidos 

El Mundial de Futbol ha comenzado y, quizá de una forma poco prevista, también ha servido para mostrar al mundo las distintas caras de México.

El pasado jueves 11 de junio se dio el banderazo de salida a la justa mundialista en territorio mexicano. Mientras dentro del estadio se desarrollaban los festejos inaugurales, en sus inmediaciones se dieron cita diversos colectivos sociales: integrantes de la CNTE, madres buscadoras, familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y otros grupos que, desde hace años, mantienen exigencias pendientes hacia las autoridades.

Para garantizar la seguridad del evento, el Gobierno de la Ciudad de México desplegó un amplio operativo policial y estableció cercos de seguridad. Hubo empujones, gritos e insultos. La tensión era evidente entre quienes buscaban que sus demandas fueran escuchadas y quienes asistían a una celebración deportiva seguida por millones de personas alrededor del mundo.

Es importante señalar que estas manifestaciones no tenían como objetivo afectar a los aficionados ni poner en riesgo el espectáculo. Su intención era aprovechar los reflectores internacionales para recordar que, detrás de las imágenes de fiesta y celebración, México enfrenta problemas que aún esperan solución: familias que buscan a sus seres queridos, maestros que reclaman el cumplimiento de acuerdos y heridas abiertas, como el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Sin embargo, el Mundial también ha mostrado otra realidad del país.

Durante años, México ha sido presentado en el extranjero como una nación marcada únicamente por la violencia y la inseguridad. Aunque esos problemas existen y sería irresponsable negarlos, los propios mexicanos han demostrado que esa no es la única historia que define al país.

En los últimos días, las imágenes difundidas por los medios de comunicación han mostrado a miles de aficionados reunidos en distintos puntos de la Ciudad de México. Como parte de una tradición profundamente arraigada, muchos han compartido saludos, comida, abrazos y palabras de aliento con personas a las que jamás habían visto.

El miércoles 17 de junio, por ejemplo, aficionados colombianos, residentes y simpatizantes de su selección llenaron las inmediaciones del Ángel de la Independencia, convirtiendo ese espacio en una auténtica fiesta latinoamericana. La escena dejó un mensaje claro: México quiere proyectarse como una sede amiga y una sede hermana.

Incluso las tensiones internacionales han encontrado aquí un gesto de humanidad. Ante las dificultades que enfrentó la selección de Irán para disputar sus encuentros en territorio estadounidense, México le abrió las puertas y la recibió en Tijuana. Las imágenes mostraron a ciudadanos mexicanos acercándose a los jugadores para expresarles su apoyo y recordarles que no estaban solos.

Quizá esa sea la mayor paradoja de nuestro país. México es una nación que protesta porque duele, que exige porque tiene deudas pendientes y que no olvida a quienes siguen esperando justicia. Pero también es un país capaz de abrazar a un desconocido, de compartir la mesa con un extranjero y de convertir el futbol en un lenguaje de fraternidad.

Una vez más, el pueblo mexicano demuestra que puede cargar con sus propias heridas sin perder la capacidad de ser solidario. A pesar del llanto de las madres buscadoras, de las demandas de los maestros y de las cuentas pendientes con la justicia, sigue conservando una calidez profundamente humana.

Porque, como dice el Cielito Lindo, México canta. Y quizá su mayor grandeza radique precisamente en eso: que, aun cuando llora, nunca deja de cantar.

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