Con una cadena de tropiezos desde el inicio de su administración, el alcalde morenista de Mineral de la Reforma, Eduardo Medécigo Rubio, parece cómodo en una burbuja donde todo cuestionamiento es “ataque” y toda crítica, conspiración. En su lógica, el problema no es la gestión: es quien la señala. Una narrativa conocida, útil para evadir responsabilidades cuando los resultados no acompañan.
A inicios del año pasado levantó polvareda con una frase publicada en Facebook que pretendía sonar contundente, pero terminó exhibiendo desconexión: “Un gato que sueña con convertirse en león debe perder el interés por las ratas”. El mensaje apareció tras reclamos por la inseguridad en el municipio, incluidos hechos de alto impacto como el multihomicidio en Azoyatla, que el propio edil calificó como “aislado”. Mientras los ciudadanos pedían estrategia, coordinación y prevención, la respuesta fue una metáfora. El contraste no pasó desapercibido.
En el ambiente político hidalguense se comenta que Medécigo se siente respaldado por el secretario de Gobierno, Guillermo Olivares Reyna. Más allá de la veracidad del rumor, la percepción pública es clara: gobierna con más confianza en su red política que en indicadores de desempeño. Y cuando la percepción se instala, desmontarla exige hechos, no discursos.

La controversia reciente tras el fallecimiento del alcalde de Tepeapulco, Alfredo González Quiroz, evidenció nuevamente el estilo. En vez de un posicionamiento institucional sobrio, Medécigo difundió un texto titulado “Ser presidente municipal en México: gobernar sin red”. Bajo la idea de rendir homenaje, el eje terminó girando hacia sí mismo. La reflexión derivó en una exposición sobre lo difícil que es ser alcalde, casi como si el cargo fuera una carga injusta más que una responsabilidad asumida voluntariamente.
Nadie niega que gobernar un municipio en México implica riesgos y presiones. Lo que inquieta es convertir esa complejidad en argumento recurrente para justificar carencias. La función pública exige temple, resultados y capacidad de respuesta; no relatos centrados en el sacrificio personal.
Mientras tanto, los problemas tangibles siguen allí. Un reportaje de ABC Noticias exhibió el deterioro del complejo deportivo en el fraccionamiento La Providencia: instalaciones descuidadas, un solo módulo sanitario operando y basura acumulada. Frente a la evidencia, silencio o minimización. La autocrítica, ausente.
Y como si la desconexión necesitara un ejemplo más claro, llegó la rueda de prensa para anunciar el análisis de tres nuevos platillos que “den identidad” al municipio y sustituyan la llamada “chile torta” impulsada por la administración anterior. Sopa de malvas, sope con huitlacoche y mixiote. Propuestas gastronómicas en medio de reclamos por seguridad, servicios básicos y profesionalización policial, donde aún hay elementos sin certificación. La escena pareció más un intento de distracción que una respuesta estructural a los pendientes.
Gobernar no es construir una narrativa heroica sobre uno mismo; es resolver problemas concretos. Y en Mineral de la Reforma, la percepción comienza a consolidarse: el alcalde parece más atento a su relato que a la realidad que lo rodea.
Porque mientras el alcalde construye su propio relato sobre lo difícil que es gobernar, los ciudadanos enfrentan la parte más cruda de esa dificultad todos los días: calles descuidadas, servicios irregulares y una seguridad que no admite metáforas. En política, la narrativa puede maquillar por un tiempo, pero la realidad termina por imponerse. Y cuando eso ocurre, no hay burbuja que amortigüe el golpe ni discurso que sustituya a los resultados.



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