Los abriles nunca han significado mucho para mí, los otoños parecen esa estación del comienzo, la primavera. Truman Capote
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Todas las críticas les afectan a los regímenes cimentados en la mentira o en narrativas populistas que ofrecen el paraíso, claro, ese que siempre está en el futuro y que no se alcanza. Y si no me creen, hay que revisar en la historia a esos gobiernos latinoamericanos: ¿cuál es la calidad de vida de sus gobernados?, ¿los niveles de educación, trabajo, salarios, sistemas de salud?
Hace una semana salió al mercado el libro de Julio Scherer Ibarra, Ni venganza ni perdón. Vaya que ha causado revuelo, primero entre los lectores críticos; después, en el mundo de la política. Los que deberían estar usando el texto como herramienta son los opositores, pero ni para eso les alcanza. Los daños ya se pueden sentir, particularmente en quienes trabajaron en el grupo cercano a López Obrador, como el exvocero Jesús Ramírez Cuevas, artífice del aparato de propaganda, creador de “youtuberos” a sueldo, de campañas de desprestigio y hasta de desvío, dice Scherer.
Me dicen de Palacio Nacional que una de las peticiones a sus reporteros, claro, a los afines, fue que no le preguntaran a la presidenta Claudia Sheinbaum sobre el libro. Y la cuidaron, porque son obedientes; tampoco aquellos que hacen periodismo aguerrido contra fantasmas del pasado. Por fin, la periodista Judith Sánchez Reyes interrogó a la mandataria. Como es costumbre, la científica no se pudo contener y mostró su enojo: dijo, “No lo he leído ni lo voy a leer”. Luego hubo un silencio incómodo para después cuestionar al periodista Jorge Fernández Menéndez, coautor con Scherer Ibarra.

Que incomodó en Palacio, eso es un hecho. Pero, de nuevo, no se trata de un texto escrito por un neoliberal ni de un distante; se trata de un personaje que se sentaba a la mesa con el Pejelagarto, viajaba con él, estaba en el cuarto de guerra durante las campañas, que vivió el desafuero y que se metió en las entrañas del poder durante su sexenio. No es tan fácil la descalificación. Tampoco se puede negar que, si se trata de una venganza textual cargada de despecho, es diferente de otros como El Rey del Cash, que desestimaron por ser testimonial; aquí sí tiene gran relevancia el testimonio, que, valga decir, para el periodismo tiene un gran valor y, si se acompaña de otras pruebas, mejor.
Ya tuve la oportunidad de leer el libro y hay que escudriñar para encontrar esos detalles que hacen la diferencia. También tiene mucha paja y narraciones ya conocidas, pero se entiende: sirven para dar contexto y llenar las páginas necesarias.
El libro tiene sus momentos. No será un clásico de la política, pero en Ni venganza ni perdón Scherer Ibarra deja caer una bomba que quizá ni él mismo dimensiona: que Andrés Manuel López Obrador decidió el no ejercicio de la acción penal a favor del general Salvador Cienfuegos, ese que era parte de la “mafia del poder”, así le decía, y luego lo defendió de EU y lo condecoró. Así, sin rubor, el Pejelagarto resolviendo quién sí y quién no, mientras se pregona la autonomía de la Fiscalía General de la República. A la vieja escuela del PRI hegemónico: el poder juzga, absuelve y administra tiempos. Sorpresa no hay; confesión, sí.
No son rumores de adversarios, venganza sí, despecho también, hay vistos de confesiones que retratan cómo se tomaban decisiones en la cúpula. Y la autonomía fue solo discurso y no práctica, pero el problema no es el libro, sino lo que desnuda… pero mejor ahí la dejamos.
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