En 2007, previo a una larga estancia de estudios en Madrid, mi esposa y yo organizamos una reunión para despedirnos de amigos y familiares.
Para hacer algo distinto, decidimos contratar los servicios de un payaso con buenas referencias para que tuviera a bien amenizar la comilona.
La decisión parecía ser acertada hasta que el estelar optó por subir el tono e impartir al respetable una magistral cátedra de albures mexicanos.
Nadie se salvó de los obuses lanzados por el histrión. Uno a uno, sin distinción de género o edad, los miembros del público fuimos cayendo bajo su certera mira telescópica.

Al percibir la estupefacción del ala “conservadora” del público, el cómico se envalentonó y, lejos de amainar, radicalizó su acto y aprovechó cada segundo de la atención que los silenciosos asistentes concedimos a su actuación para provocar nuestra risa, aunque ello fuese a costa de nosotros mismos.
Habiendo mostrado su amplio dominio del arte del doble sentido y cumplidos sus objetivos, el triunfal payaso se despidió estando en el clímax de su éxito. Como buen profesional, antes ejecutó la “operación cicatriz” y ofreció una no tan sentida disculpa por las molestias que su florido lenguaje pudo ocasionar.
Pasados casi 20 años, muchos de los invitados a la comida aún recuerdan con risa el memorable suceso.
Del payaso ya no supe nada. Solo que hizo su trabajo, y se fue.

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