La literatura puede ser una forma de escapar de la realidad, pero también puede ser una herramienta para enfrentarla. Kenzaburo Oe
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
La conferencia mañanera del lunes 11 de enero tuvo que aplazarse para las nueve de la mañana, algo que no es común, pero así lo anunciaron en las redes sociales de la Presidencia. El motivo se dejó al aire, pero pronto se despejó la duda: Claudia Sheinbaum y Donald Trump tendrían su conversación telefónica número quince, quizá la más importante hasta ahora y la más ríspida por el contexto de la invasión a Venezuela y las declaraciones vertidas en los últimos días por el republicano.
Ya sabemos cómo se maneja la comunicación institucional: aunque el asunto sea negativo, habrá de ponerse en términos amables y siempre positivos para la presidenta. El mensaje en X fue exactamente eso; no hubo sorpresa: “Tuvimos una buena conversación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump…”. Luego, en la conferencia, los reporteros le insistieron para que diera pormenores de la charla, que duró 15 minutos, y de la insistencia estadounidense de mandar tropas a nuestro territorio para ir por los capos y cárteles de la droga, a lo que, obviamente, hubo negativa por parte de la mandataria.

El rostro de Sheinbaum mostraba que no estaba muy contenta; quizá había sido incómodo el momento. La sonrisa la guardó para después. Reconoció que la conversación fue breve porque Trump tenía otras cosas que hacer y por eso no se extendió la plática. Aquí se lo dije: tarde o temprano la circunstancia la haría tomar una postura clara sobre su apoyo a dictadores como Nicolás Maduro o Díaz-Canel, y el día llegó. Aunque seguramente no era la intención, con el rechazo a las acciones en Venezuela —según lo relatado por la propia presidenta— quedó de manifiesto.
Así las cosas, según esto no habrá intervención de Estados Unidos en nuestro territorio. Ojalá Claudia Sheinbaum tenga razón y que sus números sean reales en lo que respecta al combate al narco, la disminución de la violencia y el desmantelamiento de cárteles; primero, por el bien de todos los mexicanos; luego, para bajarle presión a la relación con EU en la antesala de una renegociación del T-MEC, y también para el propio gobierno de la 4T, tras el tiradero y el cochinero que dejó como herencia López Obrador.
Ya conocemos lo bravucón que es el inquilino de la Casa Blanca. Por un lado va su discurso siempre estruendoso y, por el otro, sus acciones, que —también se lo dije— en este segundo periodo llegaron más radicales, y ahí está la muestra. En las llamadas con Nicolás Maduro siempre se dijo que fueron respetuosas, amables y que se escucharon. Así sucedió apenas en diciembre pasado, cuando Maduro señalaba que “esa llamada significa que se están dando pasos hacia un diálogo respetuoso de Estado a Estado, de país a país; entonces, bienvenido el diálogo, bienvenida la diplomacia, porque siempre buscaremos la paz”. Luego, el 3 de enero, se realizó la incursión para sacar de Venezuela a Nicolás Maduro.
En ese contexto, no hay evidencia para tener confianza en lo que dice Trump. ¿Le creemos? ¿Le creen en Palacio Nacional?
Tampoco hay que perder de vista la llamada entre Marco Rubio y Juan Ramón de la Fuente, en la que el funcionario del país vecino dice, con todas sus letras, que quiere resultados en el desmantelamiento y captura de los cárteles de la droga y sus cómplices. De ahí partió la charla entre mandatarios.
Lo que sí gana el gobierno es tiempo. Veremos cuánto tarda el estadounidense en volver a declarar contra México y, bueno, mientras no pase de saliva, está controlado. Habrá que ver si va por algo más, mientras ejerce presión y pone la mira en Cuba. Seguramente no le cae nada bien que desde acá se le mande petróleo por cuestiones “humanitarias”, punto central.
Quisiera creer lo que dice la presidenta Claudia Sheinbaum, que está cancelada la intromisión, pero este es otro capítulo en una larga novela… mejor ahí la dejamos.
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