En la entrega anterior abordamos cómo la era digital se ha convertido en una herramienta central de la política contemporánea. Mientras algunos actores la utilizan con estrategia y responsabilidad, otros caen reiteradamente en el error de confundir cercanía con improvisación, convencidos de que el populismo digital basta para suplir la falta de resultados.
En ese contexto, proliferan políticos que desdeñan la asesoría profesional y se lanzan a grabar en vivo sin medir consecuencias. Otros, quizá peor aún, se rodean de “asesores” cuya única función es aplaudir y asentir. La crítica interna desaparece, la lambisconería se normaliza y los yerros públicos terminan por erosionar la investidura.
Este parece ser el caso del alcalde de Pachuca, Jorge Alberto Reyes, exfuncionario del gobierno de Julio Menchaca, quien en distintos foros no ha ocultado su aspiración de escalar políticamente hasta el cuarto piso del añejo edificio de Plaza Juárez. Esa ambición explica, en buena medida, su insistencia —frecuentemente mal encausada— por mimetizarse con un populismo más digital que efectivo.
El edil se prodiga en visitas “sorpresa” a mercados, desayunos improvisados y apariciones constantes en programas, medios o páginas digitales, siempre y cuando garanticen likes, vistas e interacción. En diciembre pasado acudió a un espacio cuyo formato principal son los podcasts, conocido más por el balconeo, la burla y el lenguaje vulgar que por el análisis político serio.

Ahí, Jorge Reyes concedió una entrevista claramente a modo. Lo preocupante no fue la plataforma, sino el tono adoptado por el alcalde: un lenguaje deliberadamente vulgar, como si la grosería fuera un atajo a la popularidad juvenil. En el intento por parecer cercano, dinamitó las formas mínimas que exige la investidura, sacrificando sobriedad, seriedad y credibilidad.
Arropado por un grupo reducido de periodistas y comunicadores afines, el alcalde presume “grandes proyectos” y una gestión exitosa. Esa narrativa va acompañada de una amplia y cada vez más costosa red de convenios publicitarios, que genera presión constante sobre el área financiera para que los pagos fluyan sin retraso. Así se administra la imagen, aunque no necesariamente el gobierno.
Pero la realidad no se maquilla eternamente. Ni los videos mal producidos, ni la sobreexposición mediática, ni el apapacho callejero logran cubrir los yerros administrativos. Mucho menos en tiempos donde la ciudadanía observa con mayor atención y es cada vez menos tolerante al espectáculo vacío.
Habrá que revisar con lupa, y con datos duros, las ganancias que generan los corralones y los servicios de grúas. Pocos automovilistas saben que los arrastres en accidentes o dispositivos como el alcoholímetro forman parte de las obligaciones del gobierno municipal. Aun así, empresas particulares cobran cantidades elevadas por abanderamientos, traslados y pensiones diarias, pese a que la policía municipal cuenta con grúas propias. El negocio es evidente. No resulta casual, entonces, el anuncio de un reglamento de tránsito más estricto y con infracciones cada vez más onerosas.
Aunque Jorge Reyes ha negado públicamente cualquier intención de reelegirse, en su entorno político se reconoce que cada movimiento responde a cálculos y mediciones con miras a cargos mayores. Si antes debe pasar por una diputación local o federal como trampolín, parece ser un costo asumido.
En política, la ambición no es el problema. El verdadero riesgo aparece cuando la narrativa sustituye a los resultados, cuando el poder deja de gobernar y comienza a actuar.
Al tiempo.



Más historias
¡Traiciones estilo 4T!; Jesús Ramírez Cuevas enfrenta un escándalo
Una gran sorpresa, todos somos América; Bad Bunny logró algo casi imposible para un exponente de música en español
¡Indigno!