La posición de la filosofía con respecto a la ciencia, que en algún momento podría designarse con el nombre de teoría del conocimiento, ha sido socavada por el movimiento del pensamiento filosófico mismo. Jürgen Habermas
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
En las democracias —claro, en las que se respetan— el ejercicio periodístico no es ornamento, no es un florero que permanece inmóvil para no incomodar al poder. Es contrapeso, es vigilancia y es memoria ciudadana. Ahí están los trabajos de Julio Scherer García —no el otro que arrastró el prestigio—, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Monsiváis y hasta los otros, esos que no le gustan al régimen, como Carmen Aristegui, Ciro Gómez y muchos más. Total, al final las audiencias deciden con quién se informan.
Sin prensa libre no hay ciudadanos con criterio. Y no se trata de una sola visión, se trata de confrontar ideas, de presentar puntos de vista sustentados y con rigor, incluso de discernir entre lo periodístico y la propaganda. Aquí se lo he dicho: también tenemos nuestro oscuro pasado en personajes corruptos, pero no se debe medir todo por igual, porque eso es desacreditar investigaciones como las del 68 y la masacre, Aguas Blancas, el movimiento zapatista, la Casa Blanca de Peña, las toallas de Fox y una lista muy larga que solo conocimos por ese trabajo.
El periodismo, así a secas, el que incomoda, el que investiga, el que pregunta —aunque moleste en Palacio Nacional— es el oxígeno de las libertades. Y no nació con los improvisados de coyuntura cuando López Obrador ganó la presidencia en 2018; costó muchos años, censura y sangre. El asunto es claro: cuando ese oxígeno se contamina, la democracia entra en asfixia lenta, y los que tienen el poder ganan mientras los otros se vuelven gandallas que se permiten de todo.
Una de las estrategias de la 4T, particularmente del “Pejelagarto” y su vocero Ramírez Cuevas, fue colocar a la prensa en la picota. Para eso se inventaron la conferencia mañanera; ese era su ejercicio de poder. Desde ahí enjuiciaba y calificaba a medios y periodistas que no le seguían el juego. Luego, los dueños de medios, curándose en salud, despidieron a sus comunicadores, redactores y periodistas: sabían lo que se les venía. Así sucedió en Radio Capital, donde teníamos el programa El Poder de la Palabra. Aquella tarde del 14 de febrero de 2019 ya nadie podía pasar, solo los trabajadores a recibir su finiquito. Eso se repitió en otras empresas.
Luego aprovecharon la explosión de las redes y se hicieron de sus “comunicadores”: youtuberos a sueldo, siempre dispuestos a defender, a salvar y, hasta el final, quizá informar. Eso sí, nunca un cuestionamiento al poder, como si algo le debieran. Es claro —y el tiempo y sus “trabajos” así lo demuestran—: no tienen formación académica, no tienen técnica ni método para hacer periodismo. Solo se escudan en su supuesta honestidad, pero, al igual que a López, se les ha ido terminando. Y a las audiencias no se les puede engañar por siempre.

La semana pasada fuimos testigos de un violentador que se aferra a tener la verdad; luego fue premiado por el Club de Periodistas que dirige Celeste Sáenz de Miera. Una periodista que maneja esa asociación y entrega un premio nacional. Ella y los suyos se convirtieron en activistas y porristas, sabiendo hacer periodismo, pero así son algunos en los tiempos de la 4T.
Luego, un encuentro de “comunicadores independientes”. Tan independiente el tema que lo organiza Jesús Ramírez Cuevas y la sede es Palacio Nacional. Ahí algunos aceptan que no son periodistas y que solo tomaron un teléfono para ir por la verdad. Vaya nivel. Otros hostigan a una compañera porque estaba comiendo mixiotes y criticó, en la edición anterior, que les dieron huevito con cátsup. Ese es el nivel.
El tema pasa también por las audiencias, que ya no pueden creer a ciegas, ni a estos ni a los otros. Estos también deberían competir en el terreno del periodismo y no solo de una falsa honestidad y descalificación. Se trata de exigir buenos comunicadores para formar criterio y abonar a la democracia, pero eso no se consigue con falsos premios y falsos periodistas. Hay que cambiar los premios honoris causa por las aulas, revisar los manuales y leer a los clásicos. ¡No duele!
Nuestro país sigue siendo uno de los más peligrosos para ejercer el periodismo. A la violencia física se suma ahora una violencia discursiva que normaliza la descalificación desde Palacio y de sus corifeos… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

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