El tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) vuelve a ocupar el centro del debate. No por desaparición, sino por la exigencia de Washington de someterlo a una revisión anual que rompe el espíritu de certidumbre que un acuerdo comercial debería garantizar. El presidente Donald Trump ha sido claro: no quiere cerrar el tratado, pero tampoco está dispuesto a continuar firmándolo en los términos actuales. Quiere evaluar, año con año, qué conviene y qué no a los intereses estadounidenses. Una postura que, desde cualquier ángulo, sacude los cimientos de la relación trilateral.
Históricamente, el T-MEC es la evolución de un modelo de integración comercial que arrancó con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el cual entró en vigor el 1 de enero de 1994. Aquel acuerdo transformó la geografía productiva de la región, multiplicó el comercio y ató el destino de México a la economía estadounidense como nunca antes. El T-MEC, que entró en vigor el 1 de julio de 2020, fue renegociado durante las administraciones de Donald Trump, Justin Trudeau y, en su tramo final, Andrés Manuel López Obrador. Nació con la promesa de modernizar las reglas, fortalecer las cadenas de suministro y blindar a la región frente a competidores externos. Sin embargo, el mecanismo de revisión previsto para 2026 ahora parece insuficiente para Washington, que busca imponer una supervisión anual unilateral.

Desde el realismo, la exigencia de Trump es una demostración descarnada de poder: la potencia hegemónica moldea las reglas a su favor, sin necesidad de romper el acuerdo, pero sí erosionando su estabilidad mediante la amenaza constante. El institucionalismo liberal, por su parte, queda en entredicho; de poco sirven las cláusulas pactadas si una de las partes puede reinterpretarlas o presionar para modificarlas fuera de los plazos acordados. La economía política internacional muestra actores clave (gobiernos, corporaciones trasnacionales, sindicatos) moviéndose entre la lógica del mercado y la geopolítica. Y desde el derecho internacional, la pretensión de una revisión anual unilateral tensa los principios de buena fe y certidumbre jurídica que sustentan cualquier tratado.
En el tablero geopolítico, la guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China sobrevuela cada exigencia. El discurso del gabinete estadounidense insiste en que México es la “puerta trasera” de las inversiones chinas, y que las condiciones favorables del país (mano de obra competitiva, costos reducidos, cercanía) no deben convertirse en un atajo para que Beijing eluda aranceles. Así, el T-MEC pasa de ser un instrumento económico a un campo de batalla por la hegemonía global.
Toyota ya movió sus fichas. La armadora anunció que parte de su manufactura se trasladará al estado de Texas, en Estados Unidos. Aunque la empresa matiza que los empleos en sus plantas mexicanas no desaparecerán, resulta evidente que el tipo de trabajo, el volumen y las perspectivas de crecimiento no serán los mismos. Este anuncio no es un hecho aislado: abre un preámbulo para que otras compañías empiecen a cuestionarse si las futuras modificaciones del T-MEC perjudicarán sus intereses en México.
La incertidumbre se extiende a todos los sectores. Y aunque el tratado no vaya a cerrarse, la sola posibilidad de revisiones anuales introduce una dosis de duda y, por qué no decirlo, de miedo. México es demasiado dependiente de Estados Unidos. La mayoría de nuestras exportaciones tienen como destino ese país, y en la industria manufacturera automotriz, muchas de las ensambladoras están aquí precisamente porque las condiciones laborales resultan más favorables para las inversionistas extranjeras que en Estados Unidos o Canadá. Por eso, cada gesto de Washington dispara una creciente incertidumbre económica que golpea a trabajadores, empresas y finanzas públicas.
Ante este escenario surgen preguntas inevitables. Estados Unidos nos acusa de ser la puerta trasera de China y, con ello, justifica presiones que vulneran la estabilidad que supuestamente ofrece un tratado comercial. Eso nos obliga a mirarnos al espejo: ¿nuestra soberanía es realmente soberana? Seguimos dependiendo de potencias extranjeras, sin que México decida, con claridad y determinación, emplear otras fuentes de ingreso, diversificar mercados y reducir la vulnerabilidad que nos ata a los ciclos políticos de nuestro vecino del norte.
Duele reconocerlo, pero seguimos dejando que un país cuyo discurso nacional ha sido catalogado por entes extranjeras como inhumana, racista y xenófobo siga influyendo en decisiones mexicanas. Nuestra soberanía tiende de un hilo cada vez que a Washington se le ocurre hacer una modificación. Bajo el viejo espíritu de la Doctrina Monroe “América para los americanos”, Estados Unidos sigue haciendo y deshaciendo en la región como le place, y aunque México adopte una postura de neutralidad diplomática, en los hechos continuamos sujetos a su voluntad.
No se trata de competir en egos ni de ver quién puede más, porque lo que está en juego es el bienestar de millones de mexicanos. Se trata de buscar rutas donde nuestra voz tenga el mismo valor que la de Estados Unidos, donde las afectaciones a la economía mexicana se valoren con la misma rigidez que ellos exigen para la suya, y donde nuestra soberanía no quede expuesta a los vaivenes de un capricho electoral. La pregunta queda abierta, tan abierta como la herida histórica: ¿estamos dispuestos a seguir subordinados a un país, o es momento de construir, por fin, un proyecto de nación que no dependa de lo que se decida al otro lado del río Bravo?

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