Por Jesús Michel Narváez
Había suficientes elementos para relevarlo. Quizá el de mayor peso no encontrar la salida del laberinto en el que se mueve Petróleos Mexicanos.
Sin embargo, el error de admitir el derrame, le costó el cargo.
Durante dos meses, el gobierno federal y con la presidenta de la república al frente utilizando los micrófonos de la mañanera, negó que el derrame de residuos de hidrocarburos -así los definió la Secretaría de Marina- hubiera sido producido por Pemex, por algún ducto de Dos Bocas y, en su defensa, argumentó que fue ocasionado por un barco que transportaba aceite y cuya matrícula o bandera nunca fue localizada y menos el buque tanque.
En este mismo espacio deduje que si nadie encontraba el navío, entonces se trataba de un barco fantasma. Finalmente se admitió que el buque nadie lo miro, lo tocó, su personal no descargó nada y todo quedó en el misterio.
Sin embargo, el 16 de abril, el director de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, en conferencia de prensa admitió que el derrame que se extendió por casi 700 kilómetros en la costa del Golfo, que afectaron Tamaulipas, Veracruz y Tabasco, fue a causa de una perforación de un ducto de combustibles de Pemex.
Su declaración echó por tierra los argumentos -se diría que las mentiras- presidenciales y que fueron sustentadas por el equipo de asesores que coordina Jesús Ramírez Cuevas, que buscó establecer la narrativa de la inocencia de la empresa y la presencia de los “enemigos del gobierno” que utilizaron las versiones de los ambientalistas, primeros en detectar las aguas contaminadas y también primeros en obtener las fotografías satelitales que mostraban las manchas de hidrocarburos en cientos de kilómetros.
La admisión de Rodríguez Padilla no borra la falta de control que, como director de la empresa, debió tener sobre cada uno de sus subordinados quienes, tal y como lo confesó, le ocultaron la información por semanas.
Seguramente por “instrucciones superiores” y solamente habría tres personas, tres mujeres, con la capacidad de ordenarlo: la presidenta, las secretarías de Energía y de Medio Ambiente.
Como fuere, el telón se elevó y mostró el montaje, malo por cierto, que trató de ocultar lo que resultó en una tragedia para los pescadores de la región y quienes denunciaron la contaminación con la oportunidad necesaria. Incluso, ellos se dedicaron a tratar de limpiar el área a fin de impedir que la fauna marina, de la cual viven al pescarla y venderla, se dañara más. Mostraron los videos y las fotos en las que peces aparecían muertos. Envenenados.
Sin embargo, nadie le hizo caso. Se mantuvo el engaño e incluso se informó que se había identificado 13 barcos que navegaron por el área y no se localizó ninguno que vertiera hidrocarburos a las aguas. Faltó ubicar una embarcación. Sí, el buque fantasma.
Al quedar clara la responsabilidad de Pemex, las mentiras presidenciales y de sus corifeos, trataron de ser enterradas en las arenas y que fueran “culpables las dos chapopoteras” que arrojan “desechos” de manera natural.
A no funcionar nada para limpiar los rostros de la presidenta y las secretarias Luz Elena Gómez y Alicia Bárcena, se tomó la salid fácil: correr al que reconoció que en el derrame Pemex fue responsable.
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