No puede comprenderse nada del saber económico si no se sabe cómo se ejercía, en su cotidianidad, el poder. Michel Foucault
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosaurez
Hace unos días celebramos el 10 de mayo, esa fecha para festejar a las mamás y recordar a las que ya se fueron. Pero hay otras que siguen caminando, buscando a sus hijos desaparecidos; no dan tregua, andan por las orillas de los ríos, en las cañadas, en los terrenos baldíos. No pierden la esperanza de encontrar a sus hijas, hijos, nietas y nietos. Muchas también han muerto y no lo lograron; otras siguen enfrentando esa terrible realidad que se niega sistemáticamente.
A estas alturas del sexenio, que todavía no llega ni a la mitad, aunque ha sido tormentoso por la herencia de López Obrador, aquel discurso de que “llegamos todas” como símbolo del empoderamiento femenino se ha desdibujado. Hay feminicidios, desaparecidas, levantadas y, frente a esa realidad, solo palabrerías de que se trabaja todos los días; se presentan cifras, pero aún no se perciben los resultados y seguimos muy lejos de resolver el problema.
Cuestionar al poder por ese tema provoca el enojo de la presidenta y que se eche a andar la maquinaria para señalar. Así lo han hecho, incluso contra las madres buscadoras, que son revictimizadas constantemente, señaladas por las hordas de idiotas en redes sociales y por youtuberos del régimen. Lamentablemente, así han tenido que aprender a vivir, mientras la Comisión Nacional de los Derechos Humanos duerme y guarda silencio, porque Rosario Piedra Ibarra es parte de esa secta llamada Morena.

Las escenas retratan el tamaño de la tragedia: de un lado de la mesa, funcionarios del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y, del otro, madres buscadoras con el dolor tatuado en el rostro, las playeras desgastadas y las manos curtidas de tanto escarbar en fosas clandestinas y tocar oficinas gubernamentales, donde la indiferencia suele ser más grande que la esperanza. Ahí estaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tratando de tender un puente entre el discurso oficial y una realidad que se volvió insoportable, incluso para quienes deberían dar certidumbre.
Si Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto, López Obrador y Claudia Sheinbaum no han podido resolver el tema, un problema que nunca debió llegar a estas dimensiones, entonces cómo diablos llegamos a este punto, cómo nos acostumbramos al horror. El informe de la CIDH es brutal porque pone nombre y dimensión a la tragedia: la cifra supera las 133 mil personas desaparecidas y no localizadas; eso es una crisis humanitaria. Hay más de 18 mil menores desaparecidos, 70 mil cuerpos sin identificar en servicios forenses y niveles de impunidad que rondan el 99.5 por ciento. En promedio, desaparecen entre 10 y 13 personas al día.
El informe denuncia complicidad por parte de la autoridad. Hace unas semanas nos indignábamos por el caso de Edith, un feminicidio en el que un funcionario pidió dinero para abrir la carpeta de investigación. ¿Por cuántos casos habrá que multiplicarlo?
Ahí queda también la ausencia de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos encabezada por Rosario Piedra Ibarra. Vale la pena recordar que la CNDH nació precisamente para acompañar a las víctimas del abuso del poder y de las omisiones del Estado. Hoy, el organismo parece más preocupado por no incomodar al gobierno que por convertirse en un verdadero contrapeso moral.
La frase final con la que la vicepresidenta de la CIDH, Andrea Pochak, cerró su participación es un grito cotidiano, uno del que varios, como el tal Epigmenio Ibarra, sacaron provecho; esa frase que ahora no quieren escuchar: “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

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