Si solo lees los libros que todo el mundo lee, solo podrás pensar lo que todo el mundo piensa. Haruki Murakami
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
La justa mundialista suele venderse con el discurso de que une a los pueblos y a las aficiones. Se habla del espíritu deportivo, del buen recibimiento, de los festejos y de las alegrías. Pero también nos muestra la irracionalidad, el clasismo y el racismo sin fronteras.
Esas malas prácticas se manifiestan desde la tribuna, en las redes sociales, en los medios de comunicación, entre los propios protagonistas e, incluso, en personajes de la política que no entienden que solo es un partido de fútbol. Se gane o se pierda, sigue siendo fútbol. El encuentro debería terminar con un apretón de manos, el intercambio de camisetas y el reconocimiento al rival, no con la irracionalidad de la masa ni con las turbas escudadas en el anonimato.
Ahí está, primero, el caso del periodista argentino que ha dicho en su programa que detesta a los mexicanos. Está en su derecho de que no le agrademos; el problema es que sus dichos, emitidos desde un medio de comunicación, destilan violencia y alimentan prejuicios, mientras miles de sus compatriotas vienen a México en busca de oportunidades, en el país residen aproximadamente 18 mil 693 ciudadanos argentinos de acuerdo con el último censo oficial del Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Después dio muestra del rigor periodístico que maneja al inventar que un cártel había amenazado a jugadores de la selección ecuatoriana. La versión fue desmentida y, de su parte, no hubo siquiera una disculpa. Difícilmente la ofrecerá, porque la imbecilidad no entiende de nacionalidades.

También el grito homofóbico de la afición mexicana sobre el portero ecuatoriano, el árbitro en turno, no se atrevió a detener el juego y aplicar el protocolo.
Vaya episodio el que se vivió durante el encuentro entre Argentina y Egipto. La imagen del entrenador del conjunto egipcio, Hossam Hassan, haciendo una señal con los brazos para denunciar los insultos racistas que recibían sus jugadores, fue un llamado de atención para la FIFA y para el mundo. Más allá del resultado deportivo, el mensaje fue contundente: todavía hay quienes creen que el color de la piel o el origen de una persona pueden utilizarse como arma para humillarla.
A ello se sumó el lamentable episodio de un aficionado argentino que, desde la grada, imitó a un mono para burlarse de un influencer que portaba la camiseta de Egipto. Una conducta tan antigua como vergonzosa, que demuestra que las campañas contra el racismo siguen siendo insuficientes. Ese tipo de comportamientos debería ser motivo suficiente para impedirle el acceso de por vida a cualquier estadio.
Otro caso fue el de la senadora paraguaya Celeste Amarilla, quien recurrió a expresiones racistas contra Kylian Mbappé tras la eliminación de su selección. Cuando el prejuicio sale de la tribuna y llega a un cargo público, deja de ser un exabrupto para convertirse en un pésimo ejemplo. Lejos de rectificar, la legisladora ha seguido alimentando la polémica, incapaz de reconocer la gravedad de sus palabras.
El fútbol presume ser el deporte más universal del planeta, pero mientras el racismo, el clasismo y la xenofobia sigan encontrando espacio en las tribunas, en los micrófonos, en las redes sociales e, incluso, en la política, el verdadero rival seguirá estando fuera de la cancha. Ganar o perder un partido nunca justificará perder la humanidad.
Ahí queda la oportunidad para que la FIFA y autoridades sean firmes y no pierdan ante el racismo y las imbecilidades de una minoría… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

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