Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala. Albert Camus
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
La política mexicana está bañada por diferentes liturgias y frases. Sin lugar a dudas, una de las más recurrentes es la acuñada por Jesús Reyes Heroles: “La forma es fondo”. En el momento de presión que vive México frente a Estados Unidos, esa máxima se vuelve indispensable, porque en diplomacia nada es casual: cada palabra, cada ademán lleva intención. Los mensajes, aunque elegantes, suenan fuerte y muchas veces contienen advertencias veladas.
La tensión con Donald Trump por la lucha contra el fentanilo, la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, la muerte de dos agentes de la CIA en Chihuahua —con señalamientos sobre posibles violaciones a la soberanía—, así como la incertidumbre por el nuevo Poder Judicial y la llamada “Corte del acordeón”, configuran un escenario donde las formas lo son todo. En ese contexto, las declaraciones del embajador Ronald Johnson no pueden tomarse como un desliz: son mensajes claros, firmes y, sobre todo, incómodos en Palacio Nacional. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum fue cuestionada, optó por el silencio.

La semana pasada fue particularmente turbulenta en la relación bilateral, reactivando el discurso duro desde Washington. Primero pidieron empatía por los agentes de la CIA que murieron en un accidente y, después, desde esa misma latitud, se lanzó una frase que retumbó hasta Palacio Nacional: la inversión necesita certeza, seguridad y un entorno libre de corrupción. Es decir, que en México no existen garantías suficientes para invertir.
La inversión es como el agua: fluye donde hay condiciones y se va cuando no las hay. No es una ocurrencia, es una advertencia que llega en mal momento, justo cuando el gobierno intenta proyectar estabilidad mientras se acumulan señales en sentido contrario. En varias ocasiones, empresarios mexicanos han mostrado respaldo a la administración de la presidenta, sobre todo cuando son invitados a la mañanera o a reuniones oficiales; sin embargo, esos mismos actores se quejan en privado y mantienen cautela a la hora de invertir.
La confianza en el país no atraviesa su mejor momento. México sigue dependiendo profundamente de Estados Unidos: más del 80% de las exportaciones tienen ese destino, y el T-MEC —instrumento clave para la economía— enfrenta una ruta complicada de revisión ante los amagos de Donald Trump de abandonar el acuerdo. Cualquier ruido político, duda jurídica o señal de opacidad, sumados a la falta de pericia diplomática y económica, impactarán directamente en la confianza de los inversionistas y en el futuro inmediato de la economía.
De acuerdo con indicadores internacionales, México arrastra problemas estructurales en percepción de corrupción, además de constantes escándalos y debilidades en el Estado de derecho. A ello se suma la inseguridad y las alertas migratorias: el país cerró 2025 con más de 30 mil homicidios dolosos, una cifra que por sí sola explica por qué muchas inversiones lo piensan dos veces antes de aterrizar en territorio nacional.
En diplomacia no hay encontronazos gratuitos. Este, aunque disfrazado de metáfora, fue un claro jalón de orejas. La respuesta de la presidenta fue una media sonrisa y una frase: “es lo que estamos haciendo”. Nunca nos han visto como socios ni nos han tratado como tales; por eso, viene más presión y el ninguneo continuará… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

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