No hay democracia en Morena, es un partido vertical y autoritario: Porfirio Muñoz Ledo
Por: Arturo Suárez Ramírez
Vaya recorrido vertiginoso el que ha tenido el partido de Andrés Manuel López Obrador; aunque no les guste, sigue siendo el dueño. En un lapso de diez años se conformó, participó en su primera elección, ganó escaños, curules, municipios y estados; luego, en 2018, alcanzó la Presidencia que tanto codiciaba el “Pejelagarto”. Pero apenas se fue, se destapó toda la corrupción, la lucha por el poder y los excesos, lo que ha ocasionado una crisis de credibilidad, sumada a los escándalos de varios de sus miembros distinguidos, acusados por Estados Unidos de posibles nexos con la mafia.
Aquella política de puertas abiertas que usó López para hacerse de cualquiera que quisiera militar en Morena, de pactos y de sobres con dinero para el movimiento, ya les pasa factura. Ahí se les colaron los viejos priistas con las mismas mañas, los perredistas y sus tribus, que son caníbales. Pero una virtud del tabasqueño fue mantenerlos a raya, con cohesión, quizá por el miedo. Ya con Claudia Sheinbaum, los primeros meses se mantuvieron expectantes; luego se desataron y hasta la desobedecieron: formaron grupos, cúpulas, y por ello Sheinbaum tuvo que darles un manotazo en la mesa.
Aunque desde la mañanera el discurso dice que Morena es una cosa y el ejercicio del poder otra, la realidad es que se trata del partido en el poder, como antes, como con el PRI: desde lo más alto se ordena y se palomean las candidaturas, hay besamanos; pero, según ellos, son diferentes. Me dicen desde Palacio que la paciencia se le había agotado a la científica. Hubo varias llamadas de atención. La dirigencia de Luisa María Alcalde navegó entre señalamientos por falta de oficio político, lo que llevó al distanciamiento de sus aliados, el PVEM y el PT, además de una desconexión con las bases.

Incluso hubo controversias que rodearon a figuras cercanas al núcleo duro del movimiento, como Andrés Manuel López Beltrán, cuyo protagonismo, frivolidad y excesos incomodaron a varios del círculo de su padre. Por eso la Presidenta les mandó a los más duros: primero, a Citlalli Hernández, a quien nombraron presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena. Su tarea: recuperar el diálogo con los aliados y reconstruir las alianzas.
Luego, a Ariadna Montiel Reyes, quien ya es la presidenta de Morena. Ella trae estructura, control y cercanía con los programas sociales que trabajó desde el sexenio pasado; sabe cómo hablarle a la gente y representa el músculo más efectivo del obradorismo. La combinación parece diseñada para equilibrar lo que se descompuso desde el origen: el territorio y el relato, todo rumbo a la elección de 2027, que no quieren perder ante una oposición que no pinta.
No se puede negar que Morena enfrenta el reto más complejo de su corta historia: la credibilidad, ante escándalos como el de Rubén Rocha Moya y los que se acumulen en la semana, pero también el de gobernar sin perder identidad, esa que, aunque no guste, le dio muchos dividendos. La mala imagen acumulada, los conflictos internos y las figuras que generan ruido siguen ahí, latentes.
Parece que viene lo peor por su corrupción. Morena no está ante una simple sacudida interna, sino frente al espejo del poder: o corrige el rumbo y limpia la casa, o terminará devorado por las mismas prácticas que juró erradicar. Hoy tienen todo: mayoría en congresos, municipios y estados; así lo tuvo algún día el PRI… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

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