El periodismo es grande. Cada periodista ¿no es un regulador del mundo, si lo persuade? Thomas Carlyle.
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
En el año 2006 iniciamos, un grupo de periodistas, un programa de radio; ya sabe usted, con todo el ímpetu y la pasión por la profesión. Aquello fue en la frecuencia 1440 de AM, un programa de discusión e investigación, sabatino y a las 8 de la mañana. Nos estrenamos con una entrevista a la periodista Lydia Cacho, autora del libro Los Demonios del Edén, que destapaba, por primera vez, una gran red de pederastia y corrupción entre delincuentes y autoridades.
Al lunes siguiente me mandó llamar el gerente de la estación para decirme que la entrevista había estado muy buena, pero, ya sabe usted, siempre hay un pero. Como Lydia Cacho mencionaba nombres de empresarios y políticos, como Mario Marín Torres, gobernador de Puebla y el más visible de todos, la petición fue que nos mantuviéramos más mesurados con esos temas. Obviamente charlamos en varias ocasiones con ella y con otros personajes del momento, a pesar de los llamados de atención; en ese formato estuvimos al aire más de cinco años.

También le abrimos el micrófono a Anabel Hernández, que había escrito Los Cómplices del presidente, una severa crítica donde se daban a conocer las corruptelas de los cercanos a Felipe Calderón. Entre ello se hablaba de los contratos de Pemex otorgados al finado Juan Camilo Mouriño, conocido como Iván, y no podía faltar Genaro García Luna. En aquellos tiempos, los que hoy gobiernan aplaudían esas denuncias y llamaban valientes a las periodistas; ahora, como les toca a ellos, las descalifican sin sentido y con una mano en la cintura, pero el tiempo ha puesto a cada quien en su lugar.
Por cierto, también fue lectura para aquellos que tomaron clase conmigo en la universidad. De nuevo vino el llamado de atención de la directora, porque le parecían textos que no eran necesarios, me dijo; la mayoría terminó la lectura.
Ese par de periodistas, aunque hay muchos otros, retrataron sin lugar a dudas la podredumbre del poder. Se expusieron, fueron amenazadas y perseguidas; en el caso de Lydia Cacho, incluso torturada. Tal fue el alcance de sus textos y el eco en los medios de comunicación, que generaron una imagen de corrupción y asco entre las audiencias, pero también enojo en las cúpulas del poder político y económico. Las dos tuvieron que exiliarse porque su vida corría peligro, pero siguieron adelante, como dice Cacho en una entrevista con Carmen Aristegui: “No tengo miedo a que me maten, pero sí un pánico interior por haber visto imágenes que jamás van a dejarme”.
Aquellos libros, además de presentar la crudeza de los casos, también mostraron la rabia con la que se manejan algunas autoridades: el poder por el poder, dejando al descubierto cómo algunas instituciones que deberían impartir justicia se convierten en garrote contra quienes se atreven a denunciar y desde el poder planean venganzas con toda impunidad.
El problema para México es que los casos de Lydia Cacho y Anabel Hernández no son hechos aislados, sino el reflejo de un sistema que castiga al periodista incómodo y protege al poderoso señalado. Hay que poner en su justa dimensión, aunque no les guste a varios colegas, el trabajo de los periodistas de investigación; así, con la fuerza del pleonasmo. Todos los días, en los estados, se la rifan colegas que acompañan a las madres buscadoras, que andan entre el fuego cruzado, los que denuncian al funcionario y los que incomodan. Por eso no les gustan los reporteros, los de a deveras; a los otros, los que estiran la mano y hacen propaganda, obviamente les queda muy lejano el título.
Varios de los que hoy gobiernan festinaban esas denuncias y ahora hasta embarrados están. Prometieron que serían diferentes, pero ahora mismo se tejen historias que resultan una tragedia… pero mejor ahí la dejamos.
Escríbeme tus comentarios al correo suartu@gmail.com y sígueme en la cuenta de Instagram en @arturosuarez_.Hasta la próxima.

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