La dominación tiene su propia estética y la dominación democrática tiene su estética democrática. Herbert Marcuse
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Cómo tienen peso las palabras, aunque los políticos las devalúan con su demagogia en campañas y, ya como gobernantes, no cumplen. Luego de más de siete años en el poder, a los de la 4T ya se les puede responsabilizar: ya no pueden escabullirse con aquello de que fue culpa de Felipe Calderón o del licenciado Enrique Peña Nieto, como solía decir el Pejelagarto.
Fue el mismo López Obrador quien prometió que con las refinerías los combustibles iban a bajar. Ahí está el video: la gasolina costaría 10 pesos el litro. Durante el sexenio anterior se compró la refinería de Deer Park, en Estados Unidos, y se construyó la de Dos Bocas, que no opera al cien; por si fuera poco, ha tenido problemas graves, como el incendio de la semana pasada.
Aquello de tener gasolinas baratas quedó como un sueño de opio de López Obrador. Los expertos lo advirtieron: no era posible, pero fueron descalificados. Después, fiel a su estilo, no quedó más que negar la realidad. Aquella promesa de bienestar, apuntalada con programas sociales, hoy tiembla ante la escalada de precios. Desde Palacio Nacional se insiste en que la inflación está controlada, que no hay mucho de qué preocuparse, que los precios se mantienen estables y que el rumbo económico es el correcto, aunque la presidenta ya mandó a su secretario de Hacienda, Edgar Amador, al mercado.
¿De qué sirve?
Basta con salir a la calle, entrar al mercado o pararse frente a una tortillería para darse cuenta de que esa narrativa no alcanza ni para comprar medio kilo de tortillas. Habría que preguntarles a las amas de casa cómo están sorteando el momento. Nos dicen que tan solo el kilogramo de jitomate ronda, como mínimo, los 60 pesos en un mercado popular; un ingrediente indispensable en la comida nacional cuyo incremento alcanza hasta el 42%.

Otros productos tampoco dan tregua: la cebolla en 30 pesos, el limón en 60, los nopales a dos pesos cada uno, la carne de res en 250 el kilo; frutas de temporada como el mango en 40 pesos, la naranja —que era de lo más barato— en 25, y ni qué decir de la tortilla, cuyo precio oscila entre los 15 y los 30 pesos. Todo depende del estado donde se compre… y aun así, golpea.
Mientras las familias hacen malabares para comprar, el diésel —combustible indispensable para mover mercancías—, a pesar de los subsidios, ya rebasa los 28 pesos. A eso hay que sumar el incremento al IEPS en combustibles desde inicios de año, cercano al 3.8%, que pega directo en la gasolina y el diésel. No se puede ocultar: la inflación general volvió a subir y se colocó en 4.59% anual en marzo, el nivel más alto en más de un año. Nada alarmante, dirán algunos; quizá tengan argumentos técnicos, pero en la vida real ese porcentaje se traduce en menos comida en la mesa de los mexicanos.
El caso de la tortilla resulta emblemático. Aunque se insiste en que no hay razones para aumentar su precio, del otro lado los productores advierten incrementos de 2 a 4 pesos por kilo debido al encarecimiento del transporte, fertilizantes y combustibles. Así que lo que viene es claro: se avecina un nuevo ¡tortillazo!
Los discursos no se comen, la realidad se mide en el mercado, en la tortillería y en el dinero que ya no alcanza. Y mientras desde el poder se insiste en que todo está bajo control, pero el monedero y el bolsillo no mienten… Pero mejor ahí la dejamos.
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