En un buen reportaje puede no haber buenos ni malos, sino hechos concretos para que el lector saque sus conclusiones. Gabriel García Márquez
Por: Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
No hace mucho circuló un libro de Julio Scherer Ibarra con el título Ni venganza ni perdón. Más allá de lo que revela y de cómo deja mal parado a López Obrador y a otros de la 4T, de la cual por cierto fue parte, y que es hasta confesional, es un texto con mucha paja, de poca hechura y oficio para el apellido del exconsejero jurídico del Pejelagarto; se queda muy lejos de lo que escribió su padre.
Y es que, en tiempos de la Cuarta Transformación, en los que se ha estigmatizado el trabajo de los periodistas desde Palacio Nacional —acoso, desplazados y asesinados por ejercer—, más la creación de los youtuberos del régimen, que según destilan honestidad, galardonados con premios de dudosa procedencia y aplaudidos desde el poder, están ahí no para cuestionar e incomodar, sino para ser porristas. Así los reconocen sus mentores, como Jesús Ramírez Cuevas o Genaro Villamil. En ese contexto, qué importante es regresar a lecturas como las de Julio Scherer García, Vicente Leñero o Miguel Ángel Granados Chapa.

Los tiempos cambian, pero siempre hay cosas que permanecen, y una de esas son los cánones del periodismo, aunque hoy se presenten en otras plataformas y con la economía del lenguaje que exigen las redes. En tiempos en los que la prisa manda, cuando la estridencia sustituye a la verificación y hasta la apatía de las audiencias se impone, cuando la consigna pesa más que la verdad, vale la pena voltear atrás y revisar cómo llegamos hasta aquí. Es cierto, son temas para las escuelas de comunicación y periodismo, pero también para los egresados: hay que cumplir con el compromiso.
Y mencioné los nombres de Julio Scherer García, Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa porque son de mi gusto, pero ustedes tendrán los propios, tanto nacionales como internacionales. Estos no fueron periodistas cómodos, ni tampoco impolutos; no escribían para agradar al poder ni para acumular aplausos fáciles —para estos tiempos, millones de “likes” que luego se traducen en monetización—. El estilo siempre fue directo, punzante, sin concesiones; pero dicen que eso no se hereda. Scherer incomodó a presidentes, sacudió instituciones y, sobre todo, colocó al lector en el centro. En tiempos donde abundan los voceros disfrazados de reporteros, aquello resulta un ejemplo.
Aunque resulte ocioso: ¿cómo hubieran actuado ante tantos yerros y la corrupción del actual régimen?
Vivimos en tiempos de la posverdad, ese fenómeno donde los hechos importan menos que las emociones y donde una mentira bien repetida puede convertirse en narrativa dominante desde el poder. Las redes sociales amplifican versiones sin sustento, los rumores se disfrazan de primicias y los intereses políticos de todos los partidos encuentran terreno fértil en la confusión. En ese “ecosistema”, el buen periodismo no es un lujo, es un contrapeso indispensable, aunque no lo quieran ver. Así nos enteramos de la trama de corrupción de los hijos de López, de “La Barredora”, de Segalmex y más; eso nos dice que poco nos hemos movido.
Una democracia sin prensa crítica es una democracia coja. No se trata de atacar al poder por sistema, como también sucede, pero tampoco de rendirle pleitesía, como se hace todos los días. El periodismo que sirve a la sociedad es el que pregunta, el que incomoda, el que investiga, incluso cuando no conviene. Lo otro es el aplauso fácil, la defensa ciega, la narrativa oficial reciclada; en esencia, no es periodismo, es propaganda gubernamental.
En medio del ruido, de la manipulación y de la saturación informativa, regresar a esas raíces puede ser la diferencia entre una sociedad informada y una sociedad manipulada; no importa quién gobierne, siempre ganan ellos. Porque, al final, la verdad puede ser incómoda, pero siempre será más útil que la mentira bien adornada.
Se cumplen cien años de Julio Scherer García; habrá que regresar a sus textos…
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